CEMENTERIO DE HEREDIA: RELICARIO DE LOS RESTOS MORTALES DE NUESTROS ANTEPASADOS…

Colaboración de Erick Francisco Bogarín Benavides

Ilustración: “Moreira”, obra de don Fausto Pacheco Hernández. Fuente: DOBLES SEGREDA (Luis), Por el amor de Dios, San José, Costa Rica, Librería Lehmann (Sauter & Co.), Segunda edición, 1928, colección personal.

“Los que se han ido de este mundo, solamente mueren, cuando nosotros, a quienes ellos tanto quisieron, los olvidamos”

Éstas son las dulcísimas palabras de una de las lápidas del Cementerio de Heredia, del “Campo de los cipreses”, como lo llamara don Luis Dobles Segreda.

En la conmemoración del día de los difuntos, compartiré algunas evocaciones literarias relacionadas a la necrópolis herediana y un esbozo del origen de la misma, donde reposan los restos mortales de los que habitaron la “Ciudad de las Flores” y nos legaron el heredianismo, recordándolos con muchísimo amor y así… no olvidarlos nunca.

 

Vistas del mausoleo de la Familia Morales Gutiérrez, preparado para el oficio de la Misa en el Día de Difuntos del 2 de noviembre de 1961, del Cementerio de Heredia, colección personal.

Algunos datos históricos

El origen del camposanto herediano está ligado íntimamente al establecimiento de la Ayuda de la  Parroquia de Santiago Apóstol de Cartago en Alvirilla, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Concepción, primera constituida en el sector occidental del Valle central, en 1706, hace 315 años, cuya ermita estuvo localizada entre lo que en la actualidad es Lagunilla y Barreal de Heredia.

Don Cleto González Víquez, en su estudio titulado “Heredia”, que es parte de la obra “La provincia de Heredia” de don Luis Dobles Segreda, nacida como “Contribución al homenaje con que se celebró el Bicentenario de la Erección del Primer Curato Heredia… 19 de julio de 1934”, nos indica que en “…1707 se registran las partidas de entierro de Bartolomé Lizano y de Gregorio de Torres, de quienes dice el Libro Parroquial respectivo de Cartago que fueron sepultados en la ermita del Virilla o de Alvirilla, denominación que se le dio por algunos años.”

¿Fue el primer cementerio de Heredia entonces? Aunque de un tiempo muy limitado, podría considerarse por lo argumentado, que por lo menos el origen primero de éste, ya que como refiere don Cleto, las partidas son del Libro Parroquial de Santiago Apóstol de Cartago aún. Ampliando la anterior cita, el señor González Víquez indica: “No es de creer que en ese sitio se formalizase un poblado, y lo más seguro parece ser que los vecinos interesados levantaron la ermita para acudir allí a misa, pero sin ánimo de renunciar ninguno a seguir viviendo en su propiedad o finca.”

Así, los vecinos de Barva, Aserrí y Pacacua, que el 26 de marzo de 1705 solicitaron a la Audiencia de Guatemala el ser administrados – en lo religioso – por los padres doctrineros de los pueblos ubicados en la reducción y doctrina aborigen de San Bartolomé de Barva, que atendía dicha población, contaban ahora además de una ermita, con un rudimentario cementerio. ¿Pero cómo eran los sepelios antes de 1706? ¿Dichos vecinos tenían que llevar los restos mortales de sus familiares y amigos hasta Cartago? Pues como se observa, si no era posible que los mismos recibieran misa junto a los aborígenes, tampoco sería permitido su exhumación. ¿Será que las referencias que se hacen de calles del “calvario” en varios lugares del valle central fueron cementerios autorizados por la Parroquia de Santiago Apóstol para que estos vecinos del sector occidental del mismo no tuviesen que ir hasta Cartago a cumplir con el deber cristiano de la sepultura o serían los lugares de entierro de personas que no eran católicas o que habían cometido alguna falta gravísima contra dicha religión que no les permitía ser sepultadas en Cartago?

Lo cierto, es que en 1714 por razones de su inconveniente ubicación, la referida Ayuda de Parroquia fue trasladada al paraje de Cubujuquí, su ubicación presente. De ahí que el cementerio de dicha Ayuda en Alvirilla, duró como la ermita 7 años en dicho lugar. La construcción de la ermita en la nueva ubicación y luego su primer templo debidamente acondicionado, entre 1719 y 1722, estuvieron ubicados en donde se encuentra en la actualidad el jardín norte de la iglesia de la Inmaculada Concepción, la Parroquia de Heredia y el cementerio donde se ubica ella hoy. Imagino que en el traslado, algunos cuerpos no pudieron llevarse al nuevo cementerio, por su tiempo de sepultura y quizás luego fue hecho.

Pero importante en la consideración histórica del camposanto herediano, es el 19 de julio de 1734, cuando la otrora Ayuda de Parroquia de Nuestra Señora de la Concepción, pasó a ser Parroquia independiente, erigida bajo la advocación de “La Inmaculada Concepción de Cubujuquí o del Valle de Barba”. A partir de aquí, las partidas de entierros, pertenecerían a ésta.

Posteriormente, por varias circunstancias, especialmente del deterioro del templo anterior y de proyección de espacio para los fieles, el 31 de octubre de 1797, se colocó la primera piedra de la actual iglesia de la Parroquia de la Inmaculada Concepción y para no demoler el citado templo, se exhumaron los cuerpos del cementerio y allí se colocó dicha piedra fundamental y se hizo la nueva edificación. ¿Dónde se colocaron los restos mortales y que se hizo con las recientes defunciones cercanas a esta fecha hasta la traslación de los mismos en 1814? Preguntas como las anteriores, necesitarán de una investigación más profunda aún.

En 1813, se dio un cambio radical en lo establecido para la sepultura de los cristianos súbditos de la Corona española. El padre Manuel de Jesús Benavides Barquero, en su investigación titulada “Afuera los muertos. A 200 años de un decreto sobre cementerios”, nos comparte el Decreto de las Cortes Ordinarias de Cádiz del 13 de noviembre de 1813, iniciativa del diputado de aragonés Isidoro Antillón, el cual dispone: “Que la Regencia circule inmediatamente a los Jefes Políticos las órdenes más terminantes para que se ponga exacta observancia dónde no lo estén las leyes de nuestros códigos que prohíben los enterramientos dentro de poblado, bajo ningún pretexto, prohibiéndoles de que cualquiera autoridad, sin distinción de clase que intentaré entorpecer la ejecución de esta tan urgente y saludable disposición, será personalmente responsable y se hará efectiva su responsabilidad conforme la Constitución y a la ley de once de noviembre de 1811, en el concepto de que las Cortes han señalado el preciso término de un mes para que puedan tomarse las disposiciones necesarias a preparar los cementerios provisionales fuera de poblado y en parajes ventilados, mientras se construyen permanentes con arreglo a las leyes recopiladas de orden de su Alteza…”

Por lo relacionado a la distancia y medio de notificación, dicha disposición llegó a Costa Rica hasta 1814, cuando un 1° de agosto de ese año, el Ayuntamiento de la recién declarada Villa de Heredia acordó que: “En atención a que por una Real orden que se ha recibido, se manda que en el tiempo perentorio de un mes se haga un Camposanto fuera de esta Villa y en un paraje que sea bentiloso, ha tenido a bien este Ayuntamiento determinar se ponga por obra inmediatamente y q’ atendiendo a que para hacerlo con la perfección necesaria, hai el imposible de estar lo más riguroso del invierno de por medio, manda se haga provisión de madera y que así este sirviendo, para que luego que dentre el verano se haga de pared de adoves, para cuyo efecto, se separa un cerco que servía de potrero del Sangto. Francisco Chaverri en el pareje nombrado Rincón de Flores, cuya providencia se comunicó al sr. Cura para efecto de su cumplimiento.”

Así y como nos indica don Edwin León Villalobos en su obra “Monografía del Cantón de San Pablo de Heredia”, “…en el año 1814, y por orden del Ayuntamiento de Heredia, el potrero del Sargento don Francisco Chaverri, sito en el Rincón de Flores, se convirtió en el cementerio tanto de los vecinos de la Villa de Heredia, como de sus barrios…”, incluidos así, los actuales cantones de la provincia herediana. Posteriormente, con su declaratoria de cantón, cada uno de ellos tuvo dentro de sus responsabilidades, la disposición de crear su propio cementerio, cuyo estudio, como el del Cantón central, es para una investigación individual mucho más amplia.

Este Cementerio de Heredia de 1814, nos indica don Marco Tulio Fonseca Chaves, en su libro “Muy cerca de mi tierra”, que “ocupaba la parte más al sur de ese Camposanto… Ese pequeño Cementerio estaba rodeado por muros de piedra y mezcla, que aún se conserva, en parte, en los linderos este y sur del actual Camposanto. Ese pequeño Cementerio estaba, a su vez, rodeado de potreros y fincas, pertenecientes a ciudadanos heredianos, como don Juan González Reyes, don Juan María Solera Reyes y de otros terratenientes de entonces. Tenía su portada en arco, viendo al norte, unos cien metros más al sur de la actual. Muy cerca de ella quedaban las “entradas” a los fundos vecinos. Con posterioridad a 1856, en que hubo muchas defunciones ocasionadas por el cólera, se levantaron alrededor de ochenta nichos de alquiler, que estaban colocados en hileras, en una construcción de veinte o veinticinco metros de largo, por tres de alto, arrimada a la pared del lado Este y muy cerca de la antigua portada principal.”

 

En 1852 el Cementerio de Heredia presentaba un estado ruinoso, por lo que la “Sociedad de Amigos”, organización integrada en setiembre de ese año y cuyo objetivo era trabajar en beneficio de la comunidad herediana, presentó por medio del regidor don Ramón Chaverri a la Municipalidad de Heredia, el 20 de diciembre de 1852, un informe y un plano, para la intervención del mismo, acordando que “…por carecerse absolutamente de ello por el mal estado en que se halla el que actualmente sirve, la Corporación aprueba el dictamen y plano y lo constituye como suyo, adjuntando ambas piezas con el presente acuerdo, al señor Gobernador de la Provincia para que sea muy servido ponerlo en conocimiento del S.E. el S.P. de la R. para su aprobación”. El resultado de esta gestión tuvo viabilidad y en la sesión del Concejo Municipal herediano del 16 de enero de 1853, se informa de la aprobación (León Villalobos, obra citada).

 

Como lo anoté anteriormente, siendo uno de los temas a investigar, al estar el camposanto bajo la égida católica, ninguna persona que no profesora dicha fe, o hubiese cometido una falta gravísima contra dicha iglesia, podía ser sepultado en el mismo. Con relación a este asunto hay muchos casos, pero hay uno muy particular, pues aún se mantiene en la memoria colectiva herediana y es el de los chinos que llegaron a la “Ciudad de las Flores”, probablemente entre los años de 1872 y 1875, contratados para abrir zanjas y tender la primera cañería de la ciudad, de acuerdo al señor Fonseca Chaves en su obra citada. Ellos luego de este trabajo, se mantuvieron en Heredia, con su vida, costumbres y religión, por lo que cuando morían, “…fueron enterrados en una callejuela angosta, húmeda y solitaria, situada al oeste de la ciudad de Heredia y que es la prolongación de la entonces calle del comercio. Debido a estos enterramientos, por muchos años, se le denominó la Calle de los Muertos… Se dice también que en esa misma calle y en la paralela norte, se enterraron a los muertos del cólera, de los años 1856 y 1857, que no pudieron ser acogidos en el camposanto del sur de la ciudad.” Dicha Calle del comercio es hoy la Avenida 2ª William Howard Taft.

 

Pero finalmente, la “Ley de Secularización de los cementerios, fechada el 19 de julio de 1884… puso fin a esa discriminación y colocó a los camposantos bajo el control de las autoridades políticas (gobernadores y jefes políticos) de cada lugar y de esta manera se abrieron las puertas, para recibir sin distingos a todos los seres humanos que fallecían.”

Muchísimos datos históricos faltan por referir, pero he compartido en esta ocasión algunos de los relacionados al origen del camposanto herediano.

Evocaciones literarias

En este particular, son muchos los pensamientos relacionados al Cementerio herediano, inspirados en el amor inmenso e intenso recuerdo por los seres queridos que físicamente ya no nos acompañan, pero que espiritualmente perviven eternamente.

De todos ellos, quiero hacer especial mención de la historia de “Moreira”,  que es parte del libro “Por el amor de Dios” de don Luis Dobles Segreda, publicado en 1928. En ella don Luis relata la conversación que tuvo con don Joaquín Moreira, que como cantó don Luis Rafael Flores Zamora en la poesía dedicada a don Luis y a este libro, “son de esos seres que pasan por el mundo inadvertidos…” Cuando murió la madre de don Joaquín, se tuvo que vender hasta la casa donde vivía con ella para los pagos del funeral. Por mucho tiempo fue a dormir al cementerio, sobre su tumba. “Aquel cuerpo de la madre muerta le daba todavía su poquillo de calor… Por eso durmió en el cementerio como un año.”

 

“Muchos le vimos saltar las tapias, después de anochecido, pero ya sabíamos que no era un malhechor, iba a buscar a la madre muerta y a dormir bajo el alero de algún mauseolo vecino. Después, por caridad tal vez, las autoridades le prohibieron esta pequeña devoción y, como le llevaran dos o tres veces por desobediencia, cogió miedo y no volvió. Pero Moreira ha entendido mal la orden de policía. Ha creído que le prohíben entrar al cementerio y, algunos días, llega solo y se agarra a la reja de la puerta para mirar la ciudad doliente. Entonces sus ojos, inexpresivos y vagos, se pierden en dirección al montículo donde duerme Rafaela… Aprieta con sus manos huesosas los barrotes de hierro y, al sentir qué dura y qué fría es la reja que lo separa de su madre, cierra los ojos y muerde estas palabras.

– Mama, mama, pa qué se jué a morir, espí como estoy de fregao… Si usté estuviera viva…!

Se suelta de la reja, vuelve a hundir la cabeza entre los hombros y echa a andar. Entonces la voz le sale del corazón.

– Pero es mejor ansina, que usté ya descansó…

Y la mano, temblorosa, santifica la frente con la cruz de los martirios y las consolaciones.”

De don Luis Dobles Segreda, están también estas bellísimas palabras, parte de un discurso de él en 1917: “Cenizas de los abuelos que dormís entre las tapias del cementerio, alentad nuestro brazo y vaciad en nuestro corazón el vino rojo de vuestra clásica nobleza.”

Concluyo este breve escrito, en recuerdo de nuestros caros antepasados, con la cuarta parte de la poesía “Heredia” de don Graciliano Chaverri Morales…

“De Heredia en la tierra amada,

Caven ¡ay! mi tumba helada,

Que es dulce morir así,

Como el tierno colibrí

Sobre la flor más preciada.”

Ilustración: “Moreira”, obra de don Fausto Pacheco Hernández. Fuente: DOBLES SEGREDA (Luis), Por el amor de Dios, San José, Costa Rica, Librería Lehmann (Sauter & Co.), Segunda edición, 1928, colección personal; vistas de norte a sur del sector noroeste central y del mausoleo de la Familia Morales Gutiérrez, preparado para el oficio de la Misa en el Día de Difuntos del 2 de noviembre de 1961, ambas del Cementerio de Heredia, colección personal.

 

Vistas de norte a sur del sector noroeste central preparado para el oficio de la Misa en el Día de Difuntos del 2 de noviembre de 1961, del Cementerio de Heredia, colección personal.
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