La costumbre de pasar la noche junto al fallecido tiene una historia mucho más antigua que las funerarias. En Costa Rica, una investigación de la Universidad de Costa Rica sitúa la introducción de capillas de velación en San José alrededor de 1957, pero documenta que el paso de la casa a esos espacios fue lento.
Durante generaciones, la muerte reunía a la comunidad en la vivienda del difunto. La familia preparaba un lugar para el ataúd; parientes, amistades y vecinos llegaban a acompañarla, rezar y permanecer despiertos durante la noche. Esa reunión era la vela: un tiempo para despedirse de quien había muerto y para sostener a quienes quedaban.
No existe una fecha comprobada para el nacimiento de esta costumbre ni puede atribuirse a un solo pueblo. Sí hay testimonios antiguos de despedidas en el hogar. El Museo Metropolitano de Arte de Nueva York documenta que, en la antigua Grecia, el cuerpo se lavaba, vestía y colocaba sobre un lecho dentro de la casa, donde familiares y amigos acudían a llorarlo. El museo identifica representaciones de esa ceremonia, llamada próthesis, desde mediados del siglo VIII antes de Cristo. Es un antecedente de la despedida doméstica; no demuestra que los velorios costarricenses desciendan directamente de aquel rito.
Una noche compartida
En Costa Rica, la antropóloga Flory Otárola Durán estudió los cambios de los ritos funerarios católicos en San José y sus alrededores durante el siglo XX. Su investigación describe las velas en casa con candelas, flores y rezos, y la participación de familiares y vecinos durante la noche. Conserva, además, una referencia especialmente cercana para Heredia: una fotografía identificada como “Vela en la casa con los servicios de la funeraria”, tomada en San Miguel Sur de Santo Domingo de Heredia el 7 de marzo de 1953. La imagen muestra que contratar servicios funerarios y despedir al fallecido en su vivienda eran prácticas compatibles.
Las candelas formaban parte de aquella escena, pero sería impreciso afirmar que de ellas nació el velorio. Las fuentes permiten documentar su uso en las velas costarricenses; no permiten fijar el día, el lugar ni una causa única para el origen de la costumbre de velar. El rasgo central que atraviesa los testimonios es la presencia de los vivos junto al difunto antes del entierro.
¿Cuándo aparecieron las capillas?
La respuesta depende del país y de qué se entienda por capilla de velación. Una iglesia o una capilla de cementerio no es necesariamente un espacio funerario destinado a recibir al difunto para que la familia lo vele antes del sepelio.
Hay antecedentes documentados de funerarias que reunían salas para la familia y espacios de ceremonia en Cleveland, Estados Unidos, desde fines del siglo XIX. La enciclopedia histórica de Case Western Reserve University describe cómo las funerarias de barrio, surgidas allí durante el auge iniciado a mediados de la década de 1880, integraron áreas de preparación del cuerpo, salón familiar y capilla. En Inglaterra, los historiadores Helen Frisby y Brian Parsons sitúan la apertura de las primeras instalaciones denominadas chapels of rest durante la década de 1930. Esas fechas describen procesos locales distintos: ninguna acredita cuál fue la primera capilla de velación del mundo.
Para Costa Rica, Otárola Durán ofrece una fecha y un lugar más concretos. En su artículo Ruega por las ánimas, publicado en 2003 en la Revista de Ciencias Sociales de la UCR, señala que la Funeraria Polini introdujo capillas de velación en su edificio de San José alrededor de 1957. En otro trabajo académico, Al compás de los percherones, la misma investigadora vuelve sobre el cambio que produjo la incorporación de esas salas.
Por qué la despedida salió de la casa
El traslado no ocurrió de un día para otro ni respondió a una sola preferencia. Según el estudio costarricense, durante las primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX algunas familias recurrieron a las capillas por falta de espacio en la vivienda y otras para evitar dificultades que se habían presentado en ciertas velas en casa. La funeraria también podía encargarse de tareas desde el fallecimiento hasta el sepelio. Investigaciones sobre Inglaterra identifican razones prácticas semejantes: viviendas reducidas, las condiciones de conservación del cuerpo y la carga emocional y económica de recibir visitantes en el hogar.
Al principio, sin embargo, sacar al difunto de su casa podía suscitar rechazo. Otárola Durán encontró que el cambio avanzó primero en el centro de San José y llegó más tarde a sus suburbios. Dentro de las nuevas salas continuaron durante un tiempo prácticas conocidas: pasar la noche en compañía, llorar y rezar por el fallecido. Cambió el lugar; la necesidad de acompañar siguió presente.














