
Enrique Contreras es un rostro conocido en Heredia, un gran líder comunal, un deportista y una persona siempre servicial, con un consejo a mano para levantar el ánimo a quien se encuentra un poco decaído.
Pero pocos conocen cómo se formó su temple, cómo aprendió a sonreír a la vida pese a que en muchas ocasiones ha estado cuesta arriba, prácticamente desde niño. Hoy comparte su historia para motivar a quienes en estas fechas se quieren quedar en el rincón porque los agobian los recuerdos de tiempos idos o personas que ya no están.

“Soy el último de una familia de siete hermanos, mis padres se separaron cuándo yo tenía cinco años y mi madre era la única proveedora de la familia, pasamos situaciones muy duras, vivimos en muchas partes de todas nos corrían porque después de un par de meses no podíamos pagar, así terminamos viviendo en las desembocaduras del Térraba, era una especie de isla inhóspita en ese momento, no había agua potable, en una ocasión se volcó la panga en la que llevábamos el carbón a vender, fue la primera vez que casi muero”, recordó.
Cuando alcanzó los 21 años, aceptó la invitación de su padre biológico que quería conocerlo, y eso marcaría su vida para siempre. Al regresar, no había bus para su casa hasta la noche, pero se encontró un vecino que andaba en carro y ofreció llevarlo a él y también a otra persona, para quien sería su último viaje.
“Nunca imaginé que su buena acción iba a terminar en tragedia, tal vez por mi edad no me atreví a bajarme cuándo me di cuenta de que manejaba borracho, solo le pedí que disminuyera la velocidad, pero él se burló y más bien aceleró. Vino una curva y él estaba dormido en el volante, cuándo reaccionó maniobró bruscamente y dimos varias vueltas, solo recuerdo ver el carro con las llantas para arriba y perdí el conocimiento, cuándo desperté sentía agua en mi rostro y era porque estaba lloviendo, había pasado bastante tiempo desde el accidente, traté de moverme, pero no pude”, recordó.
Como pudo levantó su cabeza y vio en sus pies al otro pasajero, con la cabeza destrozada, ya si vida, luego vio al conductor que corría de un lado a otro desesperado por lo ocurrido, y a varias personas cerca de la escena tratando de ayudar.
A él lo subieron en un pick up que pasaba para llevarlo al Hospital de Ciudad Neilly, “fue el momento más difícil, porque instantes atrás sentí como el pinchazo como de una aguja en la espalda, pero segundos después el dolor era tan fuerte que yo gritaba y al subirme al carro el dolor fue todavía más terrible”, comentó.
Ese accidente marcó el resto de su vida, porque las lesiones fueron tan severas que requirió seis cirugías, casi le amputan una pierna producto de la infección. Pasó más de un año internado, tiempo en que su madre solo lo pudo visitar una vez, y emocionalmente eso lo afectó muchísimo.
“En ese tiempo no le decían a uno que tenía, recuerdo que como a los 3 meses de estar internado, le dije al doctor que necesitaba salir porque ya casi empezaban las clases, sonrió y me dice, acostúmbrese a estar aquí o en una silla de ruedas, porque va a tener una discapacidad para toda la vida. El golpe fue tan fuerte que pasé llorando como un mes, no comía, entré en depresión, me costó mucho superarlo, pero era insignificante comparado con que pasé solo casi dos años en el hospital, porque mi mamá no podía venir a visitarme, ella vivía cerca de la frontera con Panamá, en ese momento era muy difícil para ella, después lo comprendí”.
Recordó que, al pasar tantos meses en el hospital, los familiares y amigos que visitaban a otros pacientes terminaron siendo también sus amigos, pasaban a ver cómo seguía, conversaban con él y lo animaban, eso le ayudó a sentirse menos solo al estar lejos de su familia.
En más de un año de hospitalización implicaron múltiples tratamientos, lo peor que recuerda fue haber tenido prácticamente todo el cuerpo enyesado durante un tiempo, y cómo el personal del centro médico llegaba cada 4 horas para cambiarlo de posición, porque él no podía mover ni un dedo.
“Me hicieron cinco operaciones, la de la columna duró seis horas, tenía otra factura en la tibia derecha, que se infectó y en algún momento hablaron de cortar esa parte del pie”
«EL DEPORTE ME VOLVIÓ A LA VIDA»
Cuando le dieron salida del hospital le consiguieron un espacio en el CENARE para u rehabilitación, donde un terapista llevaba a los lesionados a hacer deporte en silla de ruedas, y eso cambió su vida.
“Para 1989 nos invitaron de Panamá era una carrera de 10 kilómetros, y fuimos de aquí unos 7, en total habíamos como 50 participantes en total, logré llegar en segundo lugar, fue mi primer gran logro para el país, a partir de ahí me motivé, habíamos conformado una asociación de deporte sobre sillas de ruedas, el presidente era el mismo terapista que nos motivó a practicar deporte y él con mi triunfo se motivó muchísimo más, vio en mí un prospecto, empezamos a participar en más carreras. y para 1988 y 89 yo era el que ganaba todas las carreras a nivel nacional”, recordó.
“Eran sillas de ruedas de metal muy pesadas, hoy día son de aluminio o carbón, pero este señor con una mentalidad muy diferente no nos veía como personas acabadas, sino que nos daba valor para seguir, a mí me de verdad me cambió la vida, gracias al deporte volví a tener razones para vivir. Quería entrenar siempre, competir y resulté bueno, eso me abrió la posibilidad de representar al país en muchos torneos en diferentes partes del mundo. Imagínese, un chiquillo pobre de la Zona Sur, que jamás soñó con subirse a un avión y aprendí a viajar solo, cargando mi equipaje, mi silla de competencia, y por supuesto, moviéndome en mi silla de ruedas”, detalló.
Su mayor logro compitiendo en atletismo fue en Mar del Plata de donde se trajo tres medallas de oro y dos de plata, fue portada de medios de comunicación nacional y sin duda, motivó a muchas personas a seguir sus pasos, a no dejarse caer ante la adversidad y encontrar en el deporte la fuerza para vivir.
Aún continúa recargando baterías en el deporte, pero en baloncesto en silla de ruedas, y llegar al gimnasio le borra las marcas de cansancio de un largo día al volante de su taxi, porque no solo es un atleta, también aprendió a manejar y se gana la vida conduciendo su taxi.
También saca tiempo para ser parte de organizaciones comunales, fue por muchos años presidente de la Asociación de Desarrollo de Guararí, donde impulsó proyectos como dotar a la Asociación de un edificio el cual ya hoy es una realidad.
Es común verlo recorrer las calles de Guararí ayudando a las personas que lo necesitan, llevar al hospital o a la clínica a los vecinos por colaborar y dejando a su paso ese mensaje de superación, de ver la vida con ojos de agradecimiento, pese a las pruebas que ha enfrentado.
“En varias ocasiones se han subido pasajeros a mi taxi con problemas, que están deprimidos y yo trato de animarlos, porque se lo que es estar donde ellos están en ese momento. Recuerdo no hace mucho, que una muchacha me pidió que la llevara a un puente, y conversando me dijo que quería acabar con su vida, inmediatamente reaccioné conversé con ella, le conté mi historia, terminamos tomando café en una sodita luego como de tres horas de conducir sin rumbo para distraerla de lo que sentía, por supuesto que no le cobré el viaje, me di por satisfecho al verla sonreír al terminar el café y saber que hice una diferencia en su vida”, comentó.











