martes, noviembre 3, 2026

PASÓ DE VENDER CEVICHE POR ENCARGO A TENER DOS LOCALES

Alejandra Rodríguez Murillo no comenzó a emprender porque tuviera un local listo o dinero suficiente para abrirlo. La decisión llegó en un momento difícil: acababa de separarse, había perdido su empleo y, pocos días después, supo que estaba embarazada.

Su expareja también había sido su jefe en un negocio de procesamiento de pescados y mariscos. De pronto, Alejandra tuvo que pensar cómo sostener su hogar mientras esperaba un bebé. Buscar un nuevo empleo le parecía complicado en esas circunstancias, así que empezó a cocinar en casa y a ofrecer comida por encargo.

Como parte de un acuerdo económico con su expareja, recibía cantidades de pescado y mariscos. En vez de utilizarlas todas de inmediato, guardaba el producto y planificaba qué podía preparar para vender. Una semana ofrecía ceviche; otra, una sopa de mariscos o alguna receta de pescado. Solo cocinaba lo que le habían encargado.

Era una manera de reducir el riesgo: si conseguía pedidos, compraba los demás ingredientes y preparaba la comida. Si no los conseguía, evitaba invertir en platos que quizá no vendería. Así comenzó a reunir ingresos mientras cuidaba a su hijo Mateo.

Con el tiempo observó que el ceviche y la sopa de mariscos eran los productos que más interés despertaban. La idea de abrir un negocio empezó entonces a parecerle posible, aunque sentía temor. Alejandra reconoce que nunca se consideró especialmente hábil para salir a ofrecer sus productos; vender por encargo, desde su casa, le resultaba más cómodo.

Tenía, sin embargo, una ventaja que conocía bien. Los años que había trabajado en la empresa de pescados y mariscos le habían permitido aprender sobre el producto, su manejo y la relación con los proveedores. Sabía que todavía debía desarrollar las recetas que quería ofrecer, pero conocía la materia prima con la que iba a trabajar.

DE LA COCINA DE SU CASA AL PRIMER LOCAL

Alejandra comenzó a probar ingredientes y a modificar su ceviche hasta llegar a una receta propia. Hizo lo mismo con otros platos. No quería depender únicamente de saber cocinar: buscaba preparaciones que pudiera repetir con la misma calidad cada vez que un cliente regresara.

Los primeros pedidos salían de su casa. Una cuñada se sumó al proyecto y la ayudó a ofrecer los productos, una tarea que a Alejandra le daba vergüenza. Entre ambas empezaron a pensar en un local donde pudieran atender directamente al público.

Alejandra tenía visto un espacio, pero alquilarlo significaba asumir una responsabilidad que todavía le imponía respeto. Cuando se enteró de que iba a quedar disponible otro local en la zona, habló con la propietaria y le explicó su situación y sus planes. La dueña aceptó alquilárselo en condiciones que le permitieron empezar.

Salió de aquella conversación emocionada. Para ella, conseguir el local fue una señal de que debía avanzar, aun cuando faltaban recursos, permisos, equipo y mucho trabajo para abrir las puertas.

Según recuerda, entre las dos reunían cerca de ₡1 millón, mientras que poner en marcha el negocio requería una suma bastante mayor. Tuvieron que buscar soluciones para cada gasto y ajustar sus planes a lo que podían pagar. Empezaron con una oferta pequeña, centrada en los productos que ya habían probado con sus clientes.

Alejandra continuó desarrollando el menú. Cuando decidió incorporar otros productos, observó lo que se vendía, comparó porciones y preparó sus propias versiones para que varias personas las probaran. Escuchó sus opiniones y fue haciendo cambios. Ese método de probar, medir y ajustar terminó convirtiéndose en una parte importante de su manera de trabajar.

CRECER SIN PERDER LA IDEA ORIGINAL

Con los años, la posibilidad de abrir un segundo local apareció varias veces. Alejandra veía espacios que le gustaban, pero no se decidía. Le preocupaban el costo de la inversión, el personal necesario y la posibilidad de que la expansión afectara lo que ya había construido.

La pandemia y otras dificultades para el negocio la llevaron primero a concentrarse en mantener abierto el local que tenía. Más adelante surgió una nueva oportunidad. Visitó un espacio que todavía requería obras y, aunque volvió a sentir miedo, esta vez decidió aceptarlo.

Abrir el segundo punto también tomó más tiempo del que había imaginado. Hubo que acondicionar el lugar, comprar equipos y completar trámites. Alejandra participó en las decisiones sobre la distribución, la iluminación y la forma en que funcionaría el local. Quería que el espacio respondiera a las necesidades del negocio, no instalarse para tener que cambiarlo poco después.

Hoy cuenta con dos locales y mantiene una idea clara sobre su propuesta. Aunque trabaja con mariscos, explica que no pretende convertir el negocio en un restaurante con un menú cada vez más extenso. Prefiere una oferta definida, elaborada a partir de sus recetas, que el equipo pueda preparar de manera consistente.

Esa claridad también ha guiado su crecimiento como emprendedora. Al comienzo hacía buena parte del trabajo operativo. Más adelante decidió contratar personal y dedicar más tiempo a administrar y supervisar. Para lograrlo, cuenta que tuvo que aceptar menores ingresos personales durante una etapa, con el fin de fortalecer el equipo.

Alejandra recomienda a otras mujeres que desean emprender mantener separadas las finanzas personales de las del negocio y llevar las cuentas con orden desde el principio. Son lecciones que aprendió mientras transformaba los pedidos preparados en su casa en una empresa capaz de funcionar en dos locales.

Cuando mira el camino recorrido, no olvida el momento en que empezó: embarazada, recién separada, sin empleo y preparando pequeñas cantidades de comida para vender. Tampoco olvida el miedo que sintió antes de firmar cada alquiler. Su historia muestra cómo una necesidad urgente se convirtió, paso a paso, en un proyecto construido con conocimiento del producto, recetas propias y decisiones cuidadosas para crecer.