Por Hassell González
“Mi familiar no se quiere ir.” “Parece que está esperando a fulanita, que está fuera del país”. “Aquel familiar no lo deja irse en paz”. “A lo mejor dejó algo sin arreglar”… Estas expresiones forman parte de la manera en que muchas familias intentan comprender el misterio de la muerte. Cuando tenemos un familiar en fase terminal, y sabemos que ha empezado su proceso de muerte, muchas veces pensamos que será rápido. Sin embargo, para cada persona el proceso es único.
Desde la espiritualidad, podemos contemplarlo como un tránsito profundo, una despedida y, para quienes creen en la continuidad del alma, una llegada a otra forma de existencia. Esta es una mirada espiritual y no pretende explicar de manera comprobada qué ocurre con el alma ni afirmar que todas las personas atraviesan las mismas etapas. Su propósito es ofrecer una forma de comprender la muerte desde el amor, la esperanza y el respeto por el misterio.
¿Y si el alma todavía no quiere irse?
Morir es un proceso y en algunas tradiciones espirituales se considera que morir comienza mucho antes de que el cuerpo finalmente se apague.
La persona en fase terminal puede empezar a recogerse en sí misma. Puede empezar a dormir más, hablar menos, mostrar menos interés por lo que antes disfrutaba o parecer que su mirada se dirige hacia un lugar que nosotros no podemos ver.
Desde una interpretación espiritual, esto puede contemplarse como un desprendimiento progresivo de la experiencia física. Cuando el cuerpo ya no puede sostenerla, el alma comienza a desprenderse de los velos sutiles que la vinculan con la vida. Y en ese tránsito, el alma no estaría sola y puede estar acompañada por seres de luz, guías espirituales, ángeles, familiares fallecidos o entidades que ayudan a cruzar el umbral.
Pero, ¿por qué algunas personas parecen quedarse? ¿Esperan a alguien? ¿Por qué parece que no terminan de partir?
Como morir es un proceso, podría ser que la persona aún experimente vínculos que todavía necesitan ser reconocidos. Puede haber emociones que necesitan ser expresadas. Puede haber una despedida que la persona desea vivir. Una voz que desea escuchar. Unas palabras o una compañía que necesita sentir.
También, hemos escuchado a familias que reprochan a algún miembro “porque lo estás reteniendo”, o “Tu ser querido no muere porque vos no lo dejás”.
En todas estas situaciones, es posible que sintamos miedo, porque no comprendemos bien qué es lo que está pasando, ni comprendemos bien el misterioso proceso de morir.
Lo que sí podemos hacer, es tener una forma más compasiva de acercarse a ese familiar y decirle con amor: “Si hay algo que necesitás decir, estamos aquí”. “Si hay alguien con quien querés hablar, podemos intentarlo”. “Si hay algo que te preocupa, podés compartirlo”. “Y si no hay nada más que hacer, también está bien”. “Podés descansar”. No es necesario que la persona esté consciente, ya que desde otros planos espirituales puede estar escuchando. Hablarle en un tono amoroso y compasivo, es la mejor manera de demostrarle nuestro amor y compañía.
¿Cuándo es un familiar que parece no querer dejar ir a la persona enferma?
También ocurre lo contrario.
La persona enferma parece estar lista para descansar, pero alguien de la familia siente que todavía no puede despedirse.
A veces escuchamos a ese familiar decir frases como: “No te vayás todavía”. “No me dejés”. “Yo no sé qué voy a hacer sin vos”. Y es comprensible. Cuando amamos profundamente, la despedida puede sentirse como una pérdida demasiado grande para soportarla.
Desde la espiritualidad, algunas personas creen que ese vínculo puede influir en el tránsito del alma. Desde la tanatología, podemos comprender que el miedo, el apego, la culpa y la dificultad para aceptar la pérdida pueden hacer que la familia viva el momento con enorme sufrimiento.
Entonces, ¿qué podemos hacer para acompañar el desprendimiento?
Si desde una tradición espiritual creemos que el alma de nuestro familiar está atravesando un proceso de desprendimiento, podemos acompañarlo desde el amor. No para acelerar el momento. No para “hacer que se vaya”. Sino para crear un ambiente de paz, confianza y libertad.
Podemos escuchar. Podemos estar presentes. Podemos permitir que la persona hable, si aún puede y desea hacerlo.
Podemos preguntarle: “¿Hay algo que querás decir?”, “¿Hay alguien con quien te gustaría hablar?”, “¿Hay algo que te preocupe?”, “¿Hay algo que podamos hacer para que estés más tranquila/o?”. Si la persona aún desea expresarse, escuchémosla con amor, sin necesidad de contestar o rebatir. Solo escuchar.
Y aprovechemos cada momento juntos para decirle: “Te amo”, “Gracias por tu vida”, “Gracias por todo lo que me diste”, “Si hay algo que necesitás decirme, estoy aquí”, “Si hay algo que querás resolver, podemos intentarlo”, “Y si no hay nada más que hacer, también está bien”, “Podés descansar, nosotros vamos a estar bien”, “Tu amor queda con nosotros”, “Te vamos a recordar siempre”, “Te quedás en nuestro corazón”.
Y también podemos decirle algo que, para muchas personas, resulta profundamente liberador: “No tenés que quedarte por nosotros.”
Una práctica espiritual de acompañamiento
Si la persona está consciente y desea recibir este tipo de acompañamiento, podemos crear un momento muy especial.
No hace falta realizar un ritual complicado, ni conocer sobre el más allá. A veces basta con sentarse junto a nuestro ser querido, tomar su mano y respirar con calma. Y mientras estamos ahí, en paz, podemos imaginar, desde nuestra propia creencia, que una luz suave rodea a la persona. Que esa luz le ofrece paz. Que el amor de quienes la acompañan no la retiene, sino que la sostiene.
Y podemos decir, en voz baja: “Estás acompañada”,“Estás rodeada de amor”, “Si hay algo que necesitás soltar, podés hacerlo”, “No tenés que preocuparte por nosotros”, “Tu vida fue valiosa”, “Tu amor permanece en nosotros”, “Si llega el momento de continuar tu camino, podés hacerlo en paz”.
Después, podemos guardar silencio. No necesitamos llenar cada momento con palabras. A veces, la presencia amorosa es suficiente.
Cuando finalmente se va
Para quienes creen en la continuidad de la vida en otros planos, nuestro ser querido está comenzando una nueva etapa de su existencia.
Algunas tradiciones hablan de una llegada a la luz. Otras, de un encuentro con seres queridos. Otras, de una revisión de vida. Otras, de un regreso al origen, a la casa del Padre. Otras, de un proceso de aprendizaje y evolución. No podemos afirmar que todas las almas atraviesen exactamente lo mismo, porque no lo sabemos a ciencia cierta. Pero sí podemos reconocer que estas imágenes han acompañado a la humanidad durante siglos. Y que, para muchas personas, ofrecen una manera de comprender la muerte como un tránsito entre el mundo físico al mundo espiritual.
Morir como parte de la vida
Quizás uno de los mayores aprendizajes espirituales sea recordar que la muerte no es algo horrible que nos toca vivir. Simplemente es parte de la existencia. Así como nacemos, crecemos, avanzamos por la vida y envejecemos, también llega un momento en que dejamos este plano terrenal.
Para quienes somos creyentes de que hay vida después de la vida, la muerte no es el final de la historia. Es el comienzo de otra.
Y quizás la despedida más profunda no sea una pérdida absoluta, sino un reencuentro que todavía no comprendemos, y que tal vez, simplemente, sea el regreso a casa.

















