Un objeto cotidiano puede guardar el recuerdo de quienes más amamos. Para Adrián Hernández, nieto de Mario Vindas y Zayda Lara, un bombillo en la cocina de sus abuelos, en San Pablo de Heredia, conserva la memoria de una tarde compartida y del cariño con que lo acompañaron durante casi cuarenta años. En este especial del Día de los Fieles Difuntos, comparte una historia sobre las huellas que dejan los pequeños gestos y el amor que permanece después de la despedida:
“La nostalgia tiene muchos rostros. En ocasiones nos recibe detrás de una foto, y en otras se esconde detrás de una canción. La nostalgia puede camuflarse al mirar de lejos a una persona, o a al escuchar una voz que nos resulta familiar. Podemos caminar un camino conocido y remembrar cuando éramos niños y nos tomaban la mano para andar. Andamos por la vida sorprendidos por de nuestros recuerdos, destinados caprichosamente a soltar un suspiro o un sollozuelo.
Para mí, la nostalgia toma forma de este bombillo… pero este no es un bombillo cualquiera.
Mis abuelos vivían en San Pablo de Heredia, en la casa esquinera diagonal a la antigua “Mabe”. Yo crecí a la par de su casa, rodeado de mis tíos abuelos, tíos y bastantes primos. Era común para pableños, isidreños y rafaeleños, observar a don Mario Vindas, de regreso del cafetal, parado en la puerta principal. Ahí se la pasaba saludando y siendo saludado por cuanto carro pasara, aún si no los reconocía. También era común ver un balde con un ramo de Aves del Paraíso puestas a la venta esperando que alguien tocara el timbre y esperara que mi abuela, doña Zayda Lara, bajase las gradas y les vendiera un ramo fresco. En un par de ocasiones se robaron un par de ramos, pero no importaba. Ella conocía de la bondad y la decencia de la gente, y volvía a colocar un ramo nuevo.
No obstante, esas imágenes cambiaban los sábados por la tarde. Pasada la hora del almuerzo, don Mario tenía una mudada limpia, botines embetunados y el peine listo. Doña Zayda caminaba tranquilamente, buscando un chaleco y su bufanda. Si el clima lo permitía, a las 4 tocaba ir a misa en la Parroquia. Yo era el chofer designado, siempre dispuesto a irnos temprano para parquear cerca de la puerta. Debíamos llegar a tiempo para sentarnos donde el “chiflón” no le pegara a la abuela, donde quedaba cerca la fila para tomar la Comunión. Si a las tres y media no habíamos salido, se escuchaba a don Mario gritar “Zayda, ¡soque!” desde la entrada principal, sin advertir que ella, cuando escuchaba ese grito, empezaba a caminar intencionalmente lento.
Siempre fueron queridos en la comunidad, y el momento de la misa era una muestra clara de ello. Conocían a todos los vecinos y a sus familias, se acordaban de los pormenores y se saludaban con afectuosidad. A don Mario no le hacía mucha gracia que tanta gente saludara a doña Zayda al finalizar la misa; no era tanto por llegar tarde a cenar, sino porque llegaba tarde a ver La Rueda de la Fortuna. No obstante, Abuela Zayda me tomaba del brazo mientras hablaba con sus amigas y chismeaban (respetuosamente) todo aquello que se pudiera conversar dentro de la iglesia.
Una vez finalizado el desfile hasta el auto, pagábamos al “guachimán” y regresábamos a casa. En ese momento sabía que mi deber había concluido y que podía continuar con mi tarde, pero amaba sentarme con ellos y acompañarlos un poco más.
Un sábado de esos, mis labores usuales se ampliaron. Regresamos a casa después de misa. Mi abuela se disponía a preparar la cena, y mi abuelo buscaba tomarse un traguito de tequila. Al encender el bombillo de la cocina, éste destelló rápidamente y se fundió. La cocina quedó sumida en la oscuridad, y yo quedé con una nueva tarea.
Me hizo gracia que, siendo ingeniero eléctrico, quedara colocado al centro del chiste “¿cuántos ingenieros se ocupan para cambiar un bombillo?”. Si a ello le sumábamos el hecho de que, en esos tiempos, trabajaba para una empresa de iluminación como Jefe de Soporte Técnico, el chiste se podía contar con el doble de gracia. Pero bueno, a abocarme con la tarea. Estaba desprovisto de escalera, por lo que busqué el banquito más alto de la casa, y lo coloqué al centro de la cocina. Desenrosqué el bombillo viejo, y coloqué ese mismo que ven en la foto.
¡Se hizo la luz!
Me bajé del banquito y acomodé todo como quien termina de acomodar los platos del desayuno. No obstante, volví a ver a mi alrededor y noté a mis dos abuelitos, radiantes. ¡Qué felices que estaban!
Esto sucedió hace unos diez años. Mis abuelitos hoy ya no están, y la nostalgia me abraza cada vez que entro a esa cocina y enciendo la luz. Ver ese “bombillo cualquiera” me transporta a ese momento, a sentir las miradas de cariño, amor y respeto de quienes me criaron con amor incondicional e indescriptible, por casi cuarenta años. Al encender ese bombillo y poner a operar la memoria se me podrá salir alguna lágrima, pero sé que no sentiría nada de esto si no los hubiera amado con todo mi corazón.
Ese recuerdo, y el recuerdo de su vida me dejaron una de las herencias y enseñanzas más poderosas que cargo conmigo: no debemos pasar por despercibido el impacto que una acción “común” puede tener en nuestro entorno. Debemos tener certeza de que, por donde sea que pasamos, dejamos nuestra huella y somos agentes de cambio.
En conmemoración de la celebración de este 2 de noviembre, les deseo que los dulces recuerdos de nuestros fieles difuntos, de esas personas a quienes amamos y con quienes ya no compartimos, los carguemos con honra y con orgullo, y que guíen nuestras acciones siempre con amor y rectitud”.

















